martes, enero 13, 2009

¿Vida bajo arresto?

“El que domina a los otros es fuerte. El que se domina a sí mismo es poderoso”.
Lao Tse

Llevo una semana sin tomar una gota de alcohol. Ni media caña. Ni un sorbo. Ayer comí en un italiano al lado del curre y cené en un indio y se me hizo raro no tomar una caña o un vino. Hoy he comido en un mongol (era un chino como una casa pero ponía mongol). Y agua pura.

Cada vez menos raro, porque estas limpiezas mentales y físicas las tengo controladas. Pero esta vez han generado dos efectos curiosos.

El primero es que mis colegas, que son unos perros, están deseando que llegue el día 6 (día de mi 'liberación') para correrse la juerga padre. Suele pasar. Parece que mi karma va unido a la vida disipada y descontrolada. Y la gentuza que tengo alrededor espera verme con los ojos brillantes. No me importa ni me preocupa.

El segundo efecto y más importante es la reflexión que me hago ahora.

Beber se convierte en una inercia que nos facilita mucho las cosas. Tomar una caña, un gin tonic o un ronsito es algo que te da tus pequeños momentos. "Quedamos a unas cañas". "Tomamos un vino en mi casa". "Unas copas y unas risas en el terranova". "Una cerveza mientras veo un partido". "Un oporto con unas aceitunas para comentar el día". Etcétera. El alcohol está ahí. Como un diablillo. Un pequeño placer que siempre combina con otro superior.

La cuestión es saber cuántos de esos pequeños placeres automáticos imprescindibles tenemos. No estoy hablando de vicios cachechianos comunes como el ron, el fútbol o los donettes. Me refiero a otros más difíciles de apreciar, pero igual de profundos...

- Encender las velas en casa. Ultimamente las enciendo muy a menudo. Me encanta. Y cada vez se convierte más en una inercia inconsciente.
- El disco de Rabo de Nube de Silvio. Ya lo he oído tres veces seguidas en los últimos días (¿Me voy a hacer comunista? :-)
- Quedarme tonto mirando la chimenea. Estoy buscando la mezcla perfecta entre chopo y encina para tener la llama ideal.
- Aguantar cinco minutos más en la cama. Si me tengo que ir a la ducha a y veinticinco, me quedo hasta y media. Y después hasta y treintaiuno. Y así.
- No quitarme la bufanda para currar. Juro que no llevo chupetones. Es un poco de 'iniston' fever...
- Poner voz de niño pequeño cuando quiero una aprobación
- Mirar (sin llegar a poner cara de cerdo en celo) cuando pasa una tía muy atractiva a mi lado
- ...

Podrían ser simples gustos, vicios o paridas sin más. Pero detrás esconden algo que si me lo quitan me vuelvo otra persona. Las velas me ponen romántico o elegante, 'rabo de nube' me devuelve a la adolescencia, la chimenea me evade, los cinco minutos en la cama me ponen el punto de irresponsable y golfo, la bufanda me da calorcito y confort, la voz de niño pequeño me da licencia para ser caprichoso, apreciar sin más los bellezones que habitan España es consustancial a mi burreza...

Todos tienen alguna justificación. Llevan algún placer. Y si me los quito, no pasa nada. Pero ¿sigo siendo el mismo? Si fuese capaz de enumerar los cien placeres inconscientes de mi vida y los me los quitase ¿Quién sería? ¿Un sargentito interno para mi carácter?

¿Tendría sentido?

Si pruebas a hacer el ejercicio de revisar cuáles son tus pequeños placeres automáticos y cómo sería tu vida sin ellos, durante un mes, ...probablemente aprenderás a valorarlos.

A lo mejor algunos desaparecen porque no sirven ni como placer. Son inútiles manías. El resto son un placer y los vas a echar de menos, pero, como los amores de verdad, volverán.

¿Sería una vida bajo arresto? En todo caso, sería un arresto menor y peor es estar bajo cadena perpetua y no darse cuenta.

Un abrazo
Cacheche

PS: Volverá, te juro que volverá



http://www.youtube.com/watch?v=aT3cHIhRDs4

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